El verano pasado aislamos el desván y este verano lo hemos notado (también ayudó que no hiciese mucho calor).
Me animé a amueblarlo y utilicé muebles y elementos a los que no le afectase la luz, pues tenemos tres ventanas de tejado que, a través de planchas de policarbonato instaladas en el suelo del desván, dejan pasar la luz al piso inferior. También utilicé muebles que, por su estado o valor, no me importase que se estropearan, como es el caso de esta silla.
No tengo el antes pues hace mucho tiempo la limpié, traté contra la carcoma y, envuelta en un plástico esperó, esperó y esperó turno.
Una vez pintada en un color turquesa tirando a gris que me sobró de pintar las mesillas de noche, pasé a tapizarla. El asiento tenía una especie de cartón con un dibujo repujado, pero este ya no existía. Mi marido (el carpintero del dúo) hizo el asiento de un trozo de puerta vieja y yo la tapicé con una tela que le había sobrado de una falda a mi madre.
Total 0 euros y este es el resultado.

Mi colección de garrafones o damajuanas.
Un par de sillas que había ya en la casa.
Otras dos sillas que pinté de blanco con una mesa camilla que era de mi madre.
Incluso, la pantalla de la lámpara es un tuneo de una vieja con trozos de un muestrario de papeles de empapelar paredes.
Una silla-escalera para acceder a la ventana del tejado.
Quedan otros rincones que ya os mostraré más adelante, cuando los tenga preparados. Saludos a todos y todas y feliz última semana del mes de agosto.